Capítulo I – Dos

9 abril 2010 - 5 comentarios

Corrí detrás de Auron pero, de repente, se había desvanecido. Me encontré de nuevo en la calle ancha, en mitad de una muchedumbre histérica que corría en todas direcciones. Estaban tan asustados que ni siquiera se fijaban en mí, la estrella de los Zanarkand Abes. Busqué a Auron con la mirada, poniéndome de puntillas. Los gritos de la gente me machacaban los oídos, y sin quererlo hice una mueca bastante ridícula. Por suerte no había ningún periodista deportivo anti-Abes cerca para capturar ese momento. Desesperado, decidí echar a correr hacia alguna parte, pero entonces ocurrió algo extraordinario. Silencio. Absoluto y sepulcral. Quedé paralizado. Miré en derredor y pude comprobar que todas las personas se habían quedado totalmente congeladas. En serio, pensé que estaba en una peli y alguien había pulsado el botón pausa.

Entonces apareció un niño de piel morena. Iba vestido con una túnica lila con caperuza que le ensombrecía los ojos. Era el único capaz de moverse, a parte de mí. Se plantó delante de mí y me dijo:

- Ya empieza.
- ¿Qué? – le respondí sin dar crédito, ¿qué clase de broma pesada era aquella?
- No llores.

Dicho esto el niño se evaporó, y los gritos volvieron a destrozarme los tímpanos. Maldita sea, qué situación tan exasperante. Me tapé los oídos con las manos y me encogí. Pero entonces Sauron me tocó la espalda.

- Vamos.

Intenté seguirle entre la muchedumbre, pero me costaba. El tío estaba caminando a contracorriente, justo en la única dirección que nadie quería tomar. Pero él no tropezaba con nadie, para mi asombro. Tras unos minutos eternos llegamos a una zona por la que ya no pasaba nadie. Eché la vista atrás y vi las aglomeraciones humanas por doquier, corriendo hacia el este.

- ¿Por qué nosotros vamos en esta dirección? – le pregunté entre suspiros.
- Mira – se limitó a decir señalando al cielo.

Alcé la vista y vi algo que jamás olvidaré. Una inmensa burbuja de agua flotante que albergaba a una criatura horrible en su interior. Vale, apenas podía ver a la criatura, pero tenía pinta de ser muy fea.

- Lo llamamos Sin.
- ¿Sin? – Sospechosamente yo nunca había oído hablar de bestias enormes que flotan envueltas en agua y arrasan ciudades cuando se disputaban finales de blitzball.

Del interior de la burbuja flotante surgió una especie de púa proyectada como un dardo gigantesco. Se atravesó en un edificio y se abrió como una flor en primavera. La púa contenía varios tentáculos escamados que pronto dejaron de serlo. Las escamas salieron disparadas en todas direcciones como una suerte de esporas. Muchas de ellas cayeron sobre la calle ancha, frente a nosotros, y se clavaron en el asfalto. Yo estaba muerto de miedo, pero todavía no había llegado lo peor. Cada una de esas escamas se abrió, y resultó ser un insecto de más de un metro de altura. La parte exterior de la escama constituía las alas. Eran como polillas extraterrestres. Definitivamente aquello era un sueño del que iba a despertar tarde o temprano.

Una de esas polillas se abalanzó sobre mí y yo caí de culo en el suelo. Antes de que me mordiese Auron la ensartó con su espada. Luego me miró y me alcanzó un sable de color granate por la empuñadura. Lo agarré con una mano, pero cuando Auron lo soltó el peso hizo que casi se me rompiese la muñeca. Usé el sable a modo de cayado para ponerme en pie y luego intenté manejarlo con ambas manos.

- Es un regalo de Jecht.
- ¿De mi padre? – Auron lo decía como si mi padre hubiera estado de vacaciones en lugar de haber desaparecido misteriosamente hacía diez años.
- Espero que sepas usarla.

Genial. De repente tenía que enfrentarme un grupo de polillas gigantes con un sable que pesaba como un muerto, y que para más inri me enviaba mi padre. Sin saber casi ni por qué adopté una posición de ataque y empecé a cortar el aire con mi sable. Avanzamos hacia las polillas y, para mi sorpresa, descubrí que se partían en dos con gran facilidad. Blandiendo mi sable con más confianza hice retroceder a un grupo de polillas que se había asustado al ver lo que le había pasado a sus hermanas.

- ¡Vamos, no pierdas el tiempo! – me espetó Auron.

Seguí al viejo amigo de mi padre calle arriba. Un nuevo dardo de polillas se clavó en el asfalto, pero esta vez estábamos en guardia. Antes de que las polillas aterrizasen ya estaban partidas a trocitos. No se me daba mal del todo, hay que reconocerlo. Supongo que mi excepcional forma física ayudaba bastante. Aunque ver luchar a un guerrero como Auron desanimaba a cualquiera. A pesar de su pelo canoso su forma física era excepcional. Echó a correr de nuevo. ¿Por qué tenía tanta prisa? ¿Adónde nos dirigíamos exactamente?

La calle ancha empezó a temblar. Por lo visto las púas alienígenas estaban haciendo estragos en la estructura de algunos edificios y de los mismos pilares de la calle ancha. Se oyó un crac y luego un bum. Algo explotó bajo nosotros, pero no tuve ni tiempo ni ganas de averiguar qué era. Frente a nosotros se abrió una brecha y Auron estaba decidido a pasar al otro lado antes de que fuese demasiado tarde. Solté el sable y corrí con todas mis ganas. Auron llegó al otro lado de un brinco, pero cuando yo salté la brecha se había hecho más grande. Moví los brazos en círculos para darme más impulso mientras veía cómo la silueta de Auron se alejaba. Choqué con el pecho contra la piedra y sentí cómo se me cortaba la respiración. Estuve a punto de desvanecer. Me aferré a las grietas del asfalto. Entonces miré hacia arriba y vi la silueta de Auron. Sin estaba sobre él, y Auron parecía hablar solo. Murmuraba algo sobre si estaba seguro. No entendí nada, solo quería que me ayudase a subir.

De pronto me agarró por la pechera y me alzó con un solo brazo. Miré a mi alrededor y me percaté de que el trozo de calle ancha sobre el que estábamos estaba flotando lentamente hacia Sin. Incluso los pequeños guijarros y piezas metálicas que se desprendían de la estructura subían hacia aquella bestia y eran absorbidas por un torbellino de agua.

- Esta es tu historia – me dijo Auron mirándome fijamente -. Todo empieza aquí.

Acto seguido fuimos absorbidos por el torbellino. Grité con todas mis fuerzas. Y de pronto la calma. No podía ver nada, pero me sentía flotar. Llamé a Auron, pero no respondió. Estaba solo, en mitad de la oscura nada. Pensé en muchas cosas. Creo que tuve un sueño. Soñé que estaba solo. Soñé que necesitaba a alguien, a quien fuese, a mi lado, para dejar de sentirme tan solo. Me sentí muy triste.

Abrí los ojos. Estaba oscuro. Creo que era de noche. Me encontraba con la mitad del cuerpo en el agua y la otra mitad sobre una roca. Miré a mi alrededor pero no había nada más que agua y rocas. “¿Dónde estoy?”, pensé.

Capítulo I – Estrella de los Zanarkand Abes

14 enero 2010 - Escribir una respuesta

Cerré el grifo de la ducha. Maldita sea, todavía recuerdo lo caliente que salía el agua de aquella ducha, porque no había forma de regularla. O te quemabas o te congelabas, y nunca he soportado el frío. Mis compañeros ya estaban en el vestuario del estadio, pero a mí me gustaba ducharme en mi casa. Al fin y al cabo, yo era la estrella. Tidus, el torbellino de los Zanarkand Abes. El mejor jugador del mejor equipo. Además, siempre he sido guapo, por qué negarlo. Me miré en el espejo, algo que me gusta más de lo que reconozco, y observé mi tez bronceada de facciones finas, mis ojos azul celeste y mi pelo rubio. ¡Qué pelo! Mi peinado siempre ha sido lo más. Ese corte escalado que me da un aspecto desaliñado pero sexy al mismo tiempo. Me encanta. Y a las chicas también.

Abrí mi desordenado armario, lleno de cartas y dedicatorias de fans pegadas por todas partes. Saqué mi uniforme de blitzball que tenía colgado y me lo coloqué. El uniforme constaba de tres partes. Arriba, una camisa deportiva de secado rápido que terminaba bajo los pectorales, sin botones que abrochar. Era de color plátano, e incluso su textura se asemejaba. Debajo llevaba el uniforme reglamentario en sí, dos partes de un mono negro de fibra impermeable separadas por pura estética. La parte de arriba tenía dos tirantes gruesos horribles y una cremallera que jamás me abrochaba hasta abajo. Debajo, el pantalón, también negro, tenía una pata más larga que la otra. La derecha, concretamente. Esto era porque solía controlarse la pelota con esa rodilla.

Salí de mi casa para dirigirme al estadio de blitzball. Había una horda de fans esperándome. Chicas, niños, más chicas… estaba acostumbrado. De hecho era uno de los motivos por los que me gustaba ducharme en mi casa, además de porque así llegaba el último al estadio y acaparaba la atención. Le firmé el balón a unos niños que me admiraban y luego le prometí a un grupo de chicas guapas que les dedicaría el primer gol. Ya tenía plan para esa noche.

Una vez me deshice de mis fans enfilé la calle ancha que llevaba al estadio. ¿He dicho calle? Llamar calle a aquellas construcciones elevadas no es hacerles justicia. Zanarkand era impresionante. Una macrociudad, la más avanzada tecnológicamente del mundo. Estaba anocheciendo, y los edificios se iluminaban con la luz interior de los habitantes. Todos los edificios eran grandes e imponentes, y todos ellos mantenían la estética de la ciudad. Redondeados, con superficies lisas y brillantes de color beis. Algunos edificios incluso tenían fachadas por las que caían cascadas de agua. Un auténtico lujo.

Mientras caminaba por la calle ancha observé un cartel luminoso que había colgado en la fachada de un edificio. En él aparecía el rostro de Jecht. Qué asco. Resoplé y proseguí mi camino. Saqué mi microrradio del bolsillo y la posé en mi oreja. Ya tenía sintonizada mi emisora de deportes favorita, donde, seguro, hablarían de mí.

[... me encontraba en un café. Y de repente, la noticia: nuestro héroe, Jecht, desaparecido. Mi padre era su mayor fan. Pensé en lo triste que debía estar pero, ¡demonios! Todos lo estábamos en aquel fatídico día.  Me fui a mi casa y me pasé toooda la noche charlando sobre Jecht con mi padre. Creo que ha sido la vez que más tiempo he pasado hablando con él.

De cualquier modo, no es mi intención contaros mi vida. Hoy, diez años después de la desaparición de Jecht, se celebra el torneo conmemorativo. La Copa de Jecht. Los dos equipos que han llegado a la final son, por supuesto, los Abes y los Duggles.  La cosa promete.

Se han agotado las entradas para esta final. Y no me extraña. Todo el mundo está deseando ver brillar a la estrella. En tan solo un año se ha convertido en el mejor jugador del mundo. La sangre de Jecht corre por sus venas, y ya os digo yo que sabe cómo tocar el balón. ¿Con qué nuevo movimiento nos sorprenderá hoy? ¡Dios, no puedo esperar! ¿Será el tiro especial de Jecht? Demonios, creo que no soy el único sobreexcitado esta noche, amigos...]

Apagué la radio. Me gustaba que hablasen de mí, pero esa constante comparación con Jecht me ponía enfermo. Por cierto, Jecht era mi padre.

Llegué al estadio. Estaba a reventar de gente en la puerta. Cuando se percataron de mi presencia se abalanzaron sobre mí. Los esquivé como pude, pidiendo disculpas y dando largas. Lo único que me molestaba de aquellas aglomeraciones es que no me dejaban admirar la impresionante entrada del estadio, con aquellas dos esculturas esculpidas en mármol de dos guerreros con el torso al descubierto y una lanza en la mano. Me escabullí y pronto seguridad barró el paso a la gente. Antes de adentrarme en la zona de vestuarios hice un gesto para mis fans y pude oír como gritaban eufóricos.

El terreno de juego todavía no estaba listo, pero decidí salir antes de hora. Todo el estadio enloqueció. Madre mía, recuerdo que las gradas estaban a reventar. Nunca había visto tal afluencia de personas a un partido de blitzball. Alcé ambas manos y el público se puso en pie, vitoreándome. ¡Qué éxtasis!

En el centro del circular estadio se creó una pequeña tormenta eléctrica que pronto se transformó en una pantalla de energía perfectamente esférica. Aquel era el terreno de juego. Solo faltaba llenarla de agua, pues el blitz era un deporte acuático. Los cañones de agua empezaron a llenar la esfera mientras el resto de componentes de ambos equipos salían de los vestuarios. Saludé a mis compañeros, que fliparon igual que yo al ver el gentío y la locura que reinaba en el estadio. La noche prometía.

La esfera ya estaba lista. Unas luces láser proyectaron las líneas divisorias del campo. El árbitro se zambulló en la burbuja de agua flotante con el balón en la mano. Tras comprobar que todo estaba en orden (temperatura del agua, líneas bien proyectadas, balón reglamentario…) nos hizo un gesto para que entrásemos.

¡Cómo me gusta la sensación de saltar al vacío y atravesar esa pared de agua! De pronto me vi flotando y nadando hacia el centro del campo. Yo era el encargado de conseguir el primer saque, por supuesto. Miré a mis contrincantes. Conocía a todos y cada uno de ellos, no era la primera vez que nos enfrentábamos. Conocía todas sus técnicas y sus debilidades. No iban a durar mucho.

¡Piiip! Empezó el partido. Me hice con el balón y nadé a toda velocidad. Pronto tuve a dos defensas delante, pero giré sobre mí mismo como un torbellino y me deslicé entre ambos sin que pudieran arrebatarme el balón. El agua distorsionaba el sonido, pero podía oír los aplausos del público. Me adoraban.

Continué nadando hasta que me planté frente al portero. Hice un amago de chutar, pero pude ver a mi compañero por el rabillo del ojo. Se la pasé y éste solo tuvo que empujarla para que entrase. El primer tanto. Chocamos las manos y volvimos a las posiciones.

Siguiente jugada. Me volví a hacer con el balón. Un defensa me agarró por detrás. Casi me inmoviliza, pero no lo suficiente. Logré pasarle el balón a mi compañera. Me deshice de mi adversario y nadé rápidamente hacia el área de gol. Pero dos defensas se interpusieron entre ella y yo. Estaban decididos a que no pudiera recibir el balón. Pero tuve una idea. Le señalé el cielo a mi compañera y salí disparado hacia arriba. Nadé tan rápido que al topar con el techo salí al aire libre, propulsado. Pude sentir la brisa sobre mi cuerpo mojado. Me dispuse a hacer un chilena en cuanto el balón salió de la esfera.

¡La leche! Estaba en mitad de mi fantástico chute cuando vi un enorme tsunami en el horizonte que se dirigía justo hacia nosotros. ¿Qué demonios era aquello? En todos los años que pasé en Zanarkand jamás habíamos tenido un oleaje semejante. Pero cuál es mi sorpresa cuando veo que del interior del tsunami aparecen disparos que destrozan mi querida ciudad a su paso.

La ola arrasó los edificios más cercanos, y cuando llegó al estadio simplemente lo desintegró. Yo, atónito y bocabajo, vi cómo la ola pasaba bajo mi cabeza y mataba a miles de personas. Los gritos de euforia se habían convertido en gritos de terror. No sabía qué estaba pasando, pero por primera vez en mi apacible vida sentí mucho miedo. Roto el generador de energía, la esfera desapareció y yo caí al vacío. Estaba convencido de que iba a morir, pero por suerte no fue así. Todavía quedaba un montón de agua encharcada que amortiguó mi caída, aunque mi espalda se llevó un buen golpe al topar con el suelo.

Nadé fuera del charco y me encontré en mitad de las ruinas de lo que, hasta hacía unos segundos, era el mayor estadio de blitzball del mundo. Y no solo eso. Por doquier cadáveres de personas que se habían propuesto pasar la noche en paz disfrutando de un partido. Sentí nauseas y dolor de cabeza. Me mareé. Tras vomitar la cena me encontré gateando por el suelo encharcado. Me temblaban las piernas y los brazos. No sabía qué estaba pasando, ni siquiera si aquello era real. Cerré los ojos para ver si podía despertar en mi cama. Pero no, el olor a sangre mezclado con el agua marina penetraba por mis fosas nasales y le recordaba a mi cerebro que todo aquello era real.

Me incorporé y entonces apareció Auron.

- ¡Auron! ¿Qué… qué demonios haces aquí? – le grité histérico.

- Te estaba esperando – me dijo tranquilo, como si todo aquello del tsunami no fuese con él.

- ¿De qué estás hablando? ¿Qué ocurre? – le inquirí con un grito.

Sin responderme echó a andar.

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